viernes, 31 de marzo de 2113

La ruta por Marruecos.

 

Para que puedan seguir cronológicamente nuestra ruta por Marruecos, les dejamos en esta primera entrada un índice, en el que según avance la historia, irán apareciendo los nuevos capítulos.
Picando en los enlaces o en las fotografías, se redireccionará a los capítulos correspondientes.
¡Comenzamos!
                                                                                  01.  Nuestra llegada.
                                                                                    La ciudad imperial de Marrakech.
Plaza Djem-El-Fna, Marrakech.

En dirección al sur de Marruecos
Atardecer desde la Kasbah de Ait Ben Haddou.
   
       Las Dunas de Erg Chebbi.
Dunas de Erg Chebbi.
   
Medio Atlas.
El camino desde Mezourga hasta Fez.

Monita de Berbería en el bosque de Cedros.









          05. La ciudad imperial de Fez.
       El laberinto medieval más grande del mundo.


Las curtiderías de Fez.




El Imperio romano en Marruecos.


Ruinas de la Basílica de Volubilis.
                                                                                                      
                                                                                        07. Meknes (Mekines).
   La ciudad imperial menos conocida.
Murallas de la medina de Meknes.
                 08.  Casablanca.
La mezquita Hassan II
      







Cascadas de Ouzoud.



miércoles, 15 de mayo de 2013

lunes, 13 de mayo de 2013

Las cascadas de Ouzoud.

 
Después del reparador sueño, nos levantamos temprano, sobre las 7:00 am, como es costumbre nuestra cuando estamos de viaje, con la intención de aprovechar bien toda la jornada, y bajamos al restaurante del hotel a tomar nuestro desayuno incluido en el precio de la habitación.
 
 
Tuvimos que esperar un poco para que nos atendieran, pues evidentemente no eran tan de madrugar como nosotros, y hasta las 8:00 no abrían al público.
Después de tomar el desayuno, cuando nos disponíamos a irnos, el señor de la cafetería, que nos hablaba en idioma francés, insistió en que teníamos que pagar por el desayuno.
 – ¡De eso nada monada! – le contestábamos entre sonrisas pero firmemente en lengua inglesa, y por unos minutos mantuvimos ese “diálogo para besugos” con el bigotudo y calvo señor, hasta que el recepcionista que nos había atendido anoche anterior, apareció por allí a desayunar. Entonces le dijimos que se las entendiera con él.
 
El señor de la cafetería comenzó a vociferar al recepcionista, que sin inmutarse un ápice, se sentó a tomar su desayuno, casi como si el otro no existiera.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El recepcionista, mientras daba sorbos a su café con leche, nos indicó con la mano, casi despectivamente hacia el otro, que nos fuésemos y que pasásemos del asunto. Dicho y hecho, nos levantamos y nos fuimos, no sin antes dedicarle una palmadita en la espalda y una sonrisa al barman, que prosiguió su alegato al recepcionista, quien continuó “pasando olímpicamente”, y tomó su desayuno como quién oye el viento.
 
Volvimos a la habitación, recogimos nuestras pertenecías y hablamos en recepción para avisar que posiblemente volviésemos a la noche, y es que por la noche habíamos estudiado bien la situación del hotel, y estaba situado inmejorablemente cerca de la medina para una última visita al centro esta noche, y no pusieron ningún pero.
 
Retomamos la carretera con dirección a las cascadas de Ouzoud, que esta vez sí que localizamos a la primera la dirección a tomar, y nos encontramos circulando por una bonita y tranquila carretera, salpicada de paisajes rurales y de pequeños pueblos llenos de gente sencilla ocupada en sus labores.
 
  
  Llegamos sin ninguna dificultad a las cascadas de Ouzoud, pero éstas, no están tan cerca de Marrakech como la gente dice, fueron unas tres horas y pico de carretera, adelantando lentos Renault “cuatro latas” y siendo adelantados por camicaces conductores a los mandos de antiguos Mercedes 300D con más de siete ocupantes “enchilabados”.
 
 
Al llegar al terraplén que da acceso a las cascadas, como no, te encuentras con que los lugareños, han delimitado con piedras, parcelas que se han apropiado, y han colocado artesanales y rústicos carteles, en los que han escrito en francés, la palabra aparcamiento y debajo, un precio que ronda entre los 4 y los 2,5DH, unos más baratos que otros, haciéndose la competencia “desleal” sin mucho pudor, pues según van apareciendo turistas, todos ellos, les van gritando y haciendo señas, como si fueran monos en un zoo pidiendo comida a los visitantes, con el fin de que aparquen en “su” parcela.

Nada más bajar del coche, también te dan la brasa para hacer de guías y llevarte a ver la “ruta salvaje de las cascadas”, pero ya habíamos leído bastante acerca del tema y nos negamos. Estaba clarísimo que no hacía falta que nadie te guiase.
La entrada, está repleta de “restaurantuchos” cuyos trabajadores salen a tu encuentro Tajín en mano, para mostrártelos y hacerte un precio por ellos.
La verdad es que tenían buena pinta y un aroma espectacular, y ponían un precio que rondaba los 7€, así que nos los quitábamos de encima diciéndoles que aún era temprano, que a la vuelta.






Hay dos caminos a seguir a la entrada de las cascadas, el primero que tomamos, a la derecha, te conduce a la zona donde comienza a caer los chorros de agua que forman las cascadas, así que se puede contemplar desde lo alto una buena panorámica de lo que hay más abajo, que no es nada más y nada menos, que un lugar turístico, donde se ha pensado todo, para sacar máximo provecho de los turistas que acuden aquí atraídos por las famosas cascadas.
El segundo camino, el de la izquierda, el que tomamos después de haber tomado las fotografías de rigor desde el otro lado, son unas escaleras que van descendiendo lentamente, a través de un desordenado montón de tenderetes de artesanía y de rústicos restaurantes, que según avanzas por delante de ellos, tienes que ir esquivando a sus sonrientes pero algo pesados trabajadores.
Por un momento, parece que te encontraras en algún lugar de la lejana China, donde al final de cada atracción turística, como por ejemplo La Gran Muralla, estas obligado a pasar por medio de todos los lugareños que se afanan en venderte cosas.

De tanto en cuanto, hay un recodo con un mirador donde contemplar las cascadas, que a pesar de todo el desastre que han provocado sus lugareños, cuando te fijas bien en ellas, conservan una gran belleza.
No hay mucho más que hacer cuando llegas abajo del todo. Puedes montar en una de las balsas que hay para acercar a los turistas a la caída del agua, pero tampoco es que nos hiciera mucha ilusión empaparnos en aquellas aguas de aspecto fangoso, así que las fotitos de rigor, y cuando nos cansamos, comenzamos el camino de vuelta, esta vez, en subida.

 
A medio camino, divisamos una terracita con buenas vistas a la cascada y nos dejamos embaucar por uno de los cocineros que nos mostró unos tajines. Nos ofreció unos “menús” de Tajín de cordero por 5€ cada uno, con ensalada marroquí, aceitunas y agua, y lo aceptamos.

La anécdota, fue que cuando rebuscamos debajo de la verdura de los Tajín, sólo encontramos dos huesitos de cordero con apenas carne alguna, y nos pasamos el rato riéndonos a carcajadas, burlándonos del hombre que ponía mala casa, pues le estábamos “espantando” a otros posibles clientes:
- ¡Oye! – Lo llamábamos - ¿Qué le pasó al cordero del Tajín? ¿Dónde está? ¿Se te escondió? –



Otra anécdota de esa terracita, es que meses después la hemos visto en unos cuantos programas de Tv con las cascadas al fondo, y es que se ve, que por lo menos, acertamos de lleno con la ubicación para contemplarlas durante un rato.
No hicimos mucho más sino volvernos por el mismo camino hasta Marrakech, con el inconveniente que nos encontramos un control de policía, que avisó de un corte en la carretera por manifestaciones, y nos desvió por otros caminos más rurales que en principio pensamos que nos podrían traer complicaciones para orientarnos, pero nada más lejos de la realidad.


Es más, disfrutamos de algunas simpáticas escenas típicas, que difícilmente hubiésemos visto por la carretera principal, como la de un caballo desbocado y a sus dueños intentando atraparlo, gente de campo montada en sus carruajes tirados por burros, niños en sus viejas bicicletas…








Casi de noche llegamos al mismo hotel de la noche anterior, el hotel Zahia, y a pesar de que el recepcionista era otra persona, no hubo problema en conseguir la misma habitación al mismo precio.











Después de una reparadora ducha, salimos caminando a la calle, en dirección a la plaza Djem-el-Fna, para visitarla una última vez en este viaje, y cenar en alguno de los restaurantes callejeros de la misma.
Llegamos a la mezquita de la Koutoubia, después de parar un taxi y regatear un poco el precio. Dimos un lento y tranquilo paseo por los zocos, volvimos a subir a la terraza Le Glacier para saborear una vez más el ambientillo especial de éste lugar, la plaza Djem-el-Fna, desde lo alto, y por fin, cuando nos sentimos hambrientos, bajamos y cenamos en uno de los tenderetes callejeros, antes de volver en taxi hasta nuestro hotel, para descansar bien y preparar las mochilas ya que mañana mismo volvíamos para casa, con la sensación de que Marruecos para nosotros era el “gran desconocido”.

Realmente, está tan cerca de nosotros, que no nos imaginamos que el contraste cultural pueda suponer para nosotros un abismo tan espectacular como el de cualquier país de Asia, pero que a su vez, la gente, sea amable, sonriente, cercana, y que te sorprenda tan gratamente como a nosotros lo hicieron. ¿Volveremos? Seguro.
Muchas ganas nos dejó este maravilloso país de visitar y descubrir todo lo que es imposible ver en solamente dos semanas, Marruecos merece mucho más tiempo.

Resumen fotografico de nuestra visita a las cascadas de Ouzoud: 


miércoles, 8 de mayo de 2013

Meknes, en nuestro vídeo-resumen.

Les invitamos a revivir nuestro pequeño paseo por la Medina de Meknes resumido en un pequeño vídeo.
 


La mezquita Hassan II de Casablanca, en nuestro vídeo.

Esta vez, nuestro vídeo resumen, es en Casablanca, donde no hicimos mucho más a parte de contemplar la enorme mezquita de Hassan II.
  


lunes, 6 de mayo de 2013

La Mezquita Hassan II de Casablanca.

 
A la mañana siguiente dejamos temprano el Majestic, nos despedimos de nuestro amigo Majifft y tomamos la autopista en dirección a la ciudad de Rabat con la primera intención de visitarla.
 
Por la autopista descubrimos a muchos policías agazapados y armados con aparatos de radar sobre sus trípodes, normalmente escondidos debajo de los puentes, así que nuestro consejo si algún día circulan por allí, es que respeten las velocidades indicadas.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Nos pusimos a contar el poco tiempo que nos ya nos iba quedando y a repasar los lugares que aún nos gustarían visitar en Marruecos. Así, sobre la marcha, en carretera, decidimos pasar por alto la ciudad de Rabat y dejarla para una siguiente visita a este maravilloso país, y continuamos de largo, con el punto de mira puesto en Casablanca, para acercarnos fugazmente y visitar únicamente la famosa Mezquita Hassan II.
 
Al aproximarnos a la ciudad, nos vimos envueltos en un enorme caos de tráfico, que nos trajo a la memoria, salvando las distancias, al asiático. Nos costó un buen rato ubicar nuestra posición y la entrada correcta para llegar hasta la mezquita.
 
Preguntamos a unos cuantos agentes de tráfico que sonrientemente nos indicaban por medio de señas la dirección, hasta que desde muy lejos, conseguimos divisar su enorme minarete, el más alto de todas las mezquitas del mundo, con sus 210 metros.
Alrededor de la mezquita no hay mucho que ver, barrios de aspecto variado y carreteras que adivinan futuras urbanizaciones.
 
Ya habíamos leído algo acerca de la contradicción que supone esta enorme y lujosa mezquita, la tercera más grande del mundo, en una ciudad donde la mayoría de la población vive bajo la amenaza de una pobreza extrema, y no nos sorprendió que nada más buscar donde detener nuestro vehículo para sacar las primeras fotografías, nos “cayeran” encima los típicos listillos que nos decían que para aparcar allí tendríamos que pagarles 20DH.
 
Incluso tenían en mano hasta unos boletos falsos, para identificarnos como “pagadores” de “su aparcamiento privado”.
No pasamos por el aro, así que después sacar unas cuantas fotografías nos fuimos en nuestro coche en busca de otro aparcamiento.
 
En frente justo de la mezquita, descubrimos a dos muchachos que limpiaban coches, así que nos acercamos a ellos y negociamos con ellos un precio para dejarles el coche y que le hicieran un “lavadito rápido” mientras nosotros visitaríamos la mezquita.
La anécdota es que mientras hablábamos con los chicos, apareció otro individuo que decía que ese aparcamiento era suyo, así que aparte de pagar a los muchachos, tendríamos que pagarle 20DH. Hicimos caso omiso de él, aunque nos gritaba y gesticulaba, para nosotros era como si fuese invisible, y aunque los chicos nos decían que eso era así, pero nosotros nos mantuvimos en que pagaríamos solamente a ellos por lavar el coche, y que fueran ellos mismos los que se entendieran con él, si no, no habría trato. Y es que a estas alturas, ya uno se va cansando de “ese rollo” de que cada cual se agencie un trozo de calle por su cara bonita, y que luego al que aparque ahí tenga que aguantar la exigencia de estos individuos…Ellos aceptaron.
 
Afortunadamente disfrutamos de un día espléndido para las fotografías, soleado, tranquilo, y sin mucha gente alrededor, así que pudimos tomar imágenes desde prácticamente todos los ángulos para compartirlas con todos ustedes.
 
Otra de las anécdotas de ese día, es que se nos acercó una pareja de “cincuentañeros” para pedirnos que les sacásemos la foto de rigor.
Cuando el hombre escuchó nuestro acento, preguntó por nuestro origen, y cuando le dijimos que canarios de Tenerife, él aseguró con firmeza, que el que era “canario verdadero” era él y no nosotros, porque era de Gran Canaria… ¿O sea, que los isleños de las demás islas no eran canarios de verdad según él?...
- Estas confundiendo el vocablo canario con el de canarión – le dije yo con una sonrisita burlona – canarios somos todos, unos de unas islas, y otros de otras. Los hay chicharreros y canariones, y también palmeros, majoreros, conejeros, gomeros, herreños… y hasta gracioseros, ¡pero canarios todos, hombre! – Pero no, él insistió que en que no, y volvió a repetirnos con rotundidad que el “canario verdadero” era él.
 
Como “tornillos” también los tenemos en todas las islas, Marijose les sacó su fotografía, y nos despedimos sin hablar nada más, y es que en Canarias tenemos el dicho de que “a los burros hay que dejarlos pastar para que engorden…”
 
 
Cuando nos cansamos nos retornamos hasta el coche, donde los muchachos ya nos lo habían lavado, y les pagamos lo convenido, no sin antes discutir entre sonrisas un poco, pues como no, uno de ellos quería más dinero.
 
Ahora la aventura sería encontrar la salida de Casablanca, que como siempre pasa en este tipo de ciudades, es más fácil entrar en ellas que salir.
Por supuesto, nos confundimos, y totalmente desubicados fuimos a parar a las puertas de un puesto policial que se hallaba en las cercanías de la playa por el que no se podía cruzar, ésa fue la anécdota simpática del día.
Nos bajamos del vehículo y enseguida nos vimos rodeados por un nutrido grupo de jóvenes policías, que entre risas y sonrisas intentaban orientarnos. Y no fue labor sencilla, pues ninguno de ellos hablaba una palabra de inglés y menos de español, pero el rato tan divertido que pasamos bromeando con ellos, lo compensó todo. Más o menos nos hicimos una idea de las indicaciones que nos dieron, y después de un ratito, por fin llegamos a la autopista.
 
Orientándonos con el mapa de carreteras que nos había prestado nuestro amigo Nacho, en un principio tomamos dirección a Al-Jadida, donde pensábamos pasar el último día antes de volvernos a Marrakech para la vuelta a casa, pero pronto descubrimos que el mapa de nuestro amigo estaba algo desfasado cuando encontramos un desvío de peaje que nos llevaría directamente hasta Marrakech en unas cuantas horas.
Así que paramos en una gasolinera y estudiamos rápidamente otro cambio de rumbo. Si nos volvíamos ya a Marrakech, mañana podríamos ir a visitar las famosas Cascadas de Ouzoud.
No lo pensamos mucho, y tomamos la autopista de vuelta a Marrakech, acordando que volveríamos en otra ocasión para visitar las ciudades del norte del país y las de la costa.
 
Aproximadamente, durante unas tres horas recorrimos la nueva pero tediosa autopista, hasta que anocheciendo llegamos al puesto de peaje que únicamente nos costó 6,3 DH.
Se nos hizo de noche buscando hotel donde alojarnos, pues habíamos parado en un par de Ibis que nos tropezamos por la carretera para preguntar y habíamos salido bastante contrariados. ¿Cómo era posible que nos pidieran 70€ por una habitación en un Ibis de aspecto normalucho cuando en Alemania o España nos hemos alojado en hoteles la misma cadena por un precio muchísimo más barato?
 
De casualidad nos dio por parar a preguntar en un hotel que divisamos en las cercanías del centro, el hotel Zahia, que aunque su cartel anunciaba tres estrellas, alguna parecía habérsele caído. Nos dejaron ver una habitación, que para lo que estamos acostumbrados nos pareció más que bien y por 315 DH con desayuno incluido, decidimos no buscar más, pues ya íbamos bastante cansados.
Así que después de salir a hablar con el “vigilante” que se había agenciado el trozo de calle del hotel y pagarle su tarifa de 20DH por “hacer que nos vigilaba” el coche, nos fuimos a descansar a nuestra habitación, donde nos montamos un picnic para cenar, y a la cama a reponer fuerzas para nuestra última aventura en Marruecos, antes de volver a casa.    
Resumen fotográfico de nuestro paso por Casablanca. 


jueves, 18 de abril de 2013

Meknes (Mekines). La ciudad imperial, algo menos conocida.


Llegamos puntuales al hotel, después de aguantar “la tabarra” a los aparcacoches del lugar, y es que aunque la parte nueva de esta ciudad constara de pocas calles, los “gorritas aparcacoches” en todo Marruecos son una exageración.


En todas las calles hay varios, que se han distribuido de algún modo entre ellos mismos, desde donde comienza a operar uno, hasta donde comienza el siguiente.
Son una majadería supina en cualquier parte del país.
En la puerta del Hotel Majestic, se encontraba nuestro amigo Majifft, el dueño, charlando con un joven treintañero, excelentemente ataviado con un traje gris, una bufanda sobre los hombros y unas gafas redondas que le daban un aire de intelectual estirado que corroboraba con su actitud.
Majifft, nos indicó que esa persona era quien nos iba a hacer de guía.
- ¡De, acuerdo entonces! – le dijimos. - ¡Soltamos mochilas, nos refrescamos, y salimos en cinco minutos. –

Panorámica de la medina de Meknes.

Al salir, acordamos quedarnos otra noche más en el hotel de Majifft, y rápidamente salimos en nuestro coche con el guía para antes de nada, hacer una visual panorámica a la ciudad y que el chico nos diera una pequeña introducción a la historia de Meknes.
En realidad, los miradores a los que nuestro “estirado” guía nos dirigió, eran exactamente los mismos en los que nos habíamos parado nosotros, en nuestro trayecto hasta Volubilis, o sea que no vimos nada nuevo.

De allí, ya encaminamos nuestros pasos hasta las puertas de la muralla que fortifica la ciudad, y después de alguna paradita para sacar fotos en el nombrado estanque Agdal, entramos a inspeccionar los Graneros del poderoso Mulay Ismail, un enorme recinto construido con sólidos muros donde albergaban y mantenían la caballería del ejercito de Ismail, compuesta por unos 12.000 animales.

















Nuestro guía, a pesar de todo su aspecto de “pijo-estirado”, se reveló como una persona bastante educada y conocedora de la historia de su ciudad, y con su peculiar acento marroquí, nos ilustró en exquisito castellano, con unas explicaciones muy interesantes sobre este enorme edifico repleto de bóvedas y arcos que se han restaurado sólo en la parte principal, que con una tenue iluminación, proporciona al visitante un aspecto algo misterioso y nos habló del ingenioso sistema de canales subterráneos por los que circulaba el agua, con la que conseguían mantener una temperatura fresca en el interior.






 
















Nuestro siguiente punto de visita, también desplazándonos en nuestro coche (y teniendo que abonar a los respectivos “aparcacoches”) fue el mausoleo de Mulay Ismail, que se encuentra en un punto cercano a los graneros, tras atravesar unas hermosas puertas en la muralla de la medina, decoradas con los azulejos típicos.

Nos llamó poderosamente la atención que se permitiera la entrada a no musulmanes, ya que éste es también un lugar donde se reza, como pudimos comprobar, cuando nuestro guía nos pidió unos minutos para acudir a estos menesteres, momento que aprovechamos para inspeccionar a fondo este precioso lugar adornado con exquisitos azulejos en los que predomina el color verde, dibujando espectaculares simetrías.

Las singulares puertas en un patio de color amarillo, las columnas y bóvedas adornadas al estilo árabe son otras de las insignias de este fascinante lugar.
 
El siguiente lugar al que nos desplazamos, también en nuestro coche, fue hasta la puerta Bab el Mansour, enfrente de la plaza El-Hedim, desde la que emprendimos un paseo por los callejones del zoco que se encuentra en la parte posterior a la plaza.













Este zoco, nos gustó muchísimo, sobre todo porque no está destinado al turista, como ellos mismos dicen, es su Corte Inglés, y en sus puestos lo que encuentras es gente normal, que venden artículos normales, es decir, tiendas de ropa, calzado, electrónica, etc.

También hay algún puesto de souvernirs, pero no son lo que predomina como por ejemplo en el de Marrakech o el de Fez, que habíamos visitado en los días anteriores, por lo que también vimos los mismos artículos, pero con unos precios algo mejores.
 
El guía, nos condujo entre esos callejones hasta la medersa Bou Inania, que nos resultó aunque un poco más pequeña que la de Fez (construidas por el mismo arquitecto), y la de Marrakech, ambas del mismo estilo benimerín, pero bastante mejor cuidada y conservada que las anteriores, aunque hay que tener en cuenta que la de Fez, la vimos con lluvia. 























En esta medersa, hicimos lo que en las otras. Investigamos a fondo sus recovecos y las habitaciones donde vivían  estudiantes y profesores, y subimos a la azotea, desde donde se puede observar el minarete verde de la Gran Mezquita de Meknes, que se encuentra justo al lado de la medersa, pero que como en todas las mezquitas de Marruecos, el acceso a los no musulmanes está prohibido.

















Al salir de la medersa, pagamos lo convenido (con propinilla) y nos despedimos de nuestro guía, por lo que ya nos dedicamos a lo que más nos gusta, pasear a nuestro antojo y entretenernos donde nos diera la gana.
 
 
Recorrimos el zoco en busca de alguna “chorradita” y salimos a la plaza El-Hedim, que es la versión algo más modesta y encarada, un poco más si cabe, al turismo interior del país, que la de Djem-el-Fna en Marrakech.
 

 
Pero nosotros, ese día también nos decantamos por continuar con la exquisita dieta local, o sea que preferimos retornarnos al hotel, para acudir a cenar en el restaurante de la noche anterior, el Marhabá, un acierto culinario, no por ser un restaurante de alto standing, más bien lo contrario, sino por poder saborear la verdadera comida del país, mezclado entre los comensales “del pueblo”.
Resumen fotográfico de nuestra visita a la ciudad de Meknes.